Los toros de Calamaro

Un aplauso para los artistas libres que siguen la ruta de su instinto

Me admiran los poetas-cantantes un poco perro verdes, que labran su canon unipersonal al margen de los corsés de la moda y los mantras políticos. Artistas como Dylan, el más relevante, al que este mes le caen los 80, o como sir George Ivan Morrison, de 75 años (Van para los amigos, si es que existe tal categoría en su universo huraño). El rey del soul celta tiene un don: conserva una voz tan privilegiada y gasta tanta clase que si le pones detrás un poquito de órgano Hammond podría hacer un disco hasta salmodiando la carta del VIPS. Acudir a sus recitales es una lotería, porque se ofrece en dos formatos. Una vez en Santiago lo vi en modo

 piloto automático, despachando su repertorio como un eficaz funcionario, que casi miraba el reloj de reojo para subirse al jet privado y dormir en Belfast. Pero en otra ocasión, en el Royal Albert Hall, se embozó entre las sombras del escenario acometiendo su prodigiosa canción ‘In The Garden’ y el auditorio entró en trance (hasta el turras que tenía al lado aparcó sus patatas fritas). Van Morrison, que ya de por sí no es la alegría de la huerta, se ha cabreado con las restricciones de las libertades personales por el Covid y se ha despachado con un disco-alegato de dos horas, un desahogo contra la corrección política, el control digital, la subcultura de la queja… Van contra el mundo. A ratos se le va la pinza, pero cuesta no darle la razón cuando pregunta cosas como «¿Por qué estás en Facebook?/ ¿Por qué necesitas amigos de segunda mano?» (aunque omite que él tiene ahí una cuenta de un millón de seguidores).

Andrés Calamaro forma también parte de la gratificante estirpe de los músicos-poetas libres, casi libertarios. Estrena un disco con sus clásicas recreadas en duetos, donde saltando prejuicios y generaciones lo mismo se le suma el maestro Julio Iglesias, que Milton Nascimento, con su falsete mágico, o los flamencos. Además ha inaugurado en Chueca una exposición con fotos que ha tomado durante dos lustros, recorriendo cámara a cuestas las plazas de toros de España, los cosos supremos y los de poblachones de olvido. Andrés, un argentino que es también -y a su modo- un patriota español, ha encontrado varios bienes en los toros: una estética y un arte, una forma de sabiduría y un código de honor ya en extinción, vinculado tal vez a aquello que algún día se llamaba ‘hombría de bien’, que hoy suena casi a prohibido. En el afilado mundo de las tablas, presenta la originalidad de ser buena persona. Recién llegado de chaval a España se acercó a los toros con la humildad del neófito. Con el tiempo se ha ganado el respeto general de los diestros y hasta la amistad de alguna figura, como Morante. Sus fotos taurinas detienen el tiempo, que es a lo que aspira siempre el arte grande.

 

Iluminados ya por unas pintas, mi gran amigo londinense, el historiador Bob Goodwin, solía explicarme que «la fiesta de los toros es algo único, porque revive el momento neolítico en que el hombre domeñó a la bestia». No sé si Bob tenía razón, pero me gusta su hipótesis y cómo la ha fotografiado Andrés.

 Original: Diario ABC