La conexión entre la fotografía y la tauromaquia es compleja. La mayoría de los fotógrafos se sienten atraídos por el estilizado enfrentamiento entre el ser humano y la bestia. Sin embargo, Rineke Dijkstra se enfoca en el instante en que la adrenalina se transforma en agotamiento; cuando el torero ya no tiene energía ni para posar.

A pesar de lo que podría parecer, la tauromaquia se ha utilizado a lo largo de la historia del arte para cuestionar lo que se considera verdadero. Los bigotes en forma de cuernos que Diego Velázquez pintó en el retrato de Felipe IV en 1653 reflejan la masculinidad deteriorada de un imperio en declive. Por otro lado, en la obra de Francisco de Goya, el toro simboliza tanto la fantasía como la realidad, revelando la necedad humana; en Picasso, la tragedia se transforma en burla y el toro se convierte en una caricatura de sí mismo.

La obra de Calamaro se sitúa en esta tradición, pero se desarrolla en un contexto de conflictos culturales y necropolítica. Para él, la tarea taurina es una forma codificada de asumir la pérdida. Pero, ¿qué es una guerra cultural sino un debate teológico en el que una de las partes se niega a aceptar que su perspectiva también es una cuestión de fe? ¿Y qué es la necropolítica sino la conversión de ese rechazo al pensamiento libre en una cruzada? En el núcleo de la religión está la hostia, y en el centro de las guerras por la corrección política se encuentra la arena de una Plaza de Toros. A través del arte, otro círculo—transparente—se enfoca en una ofrenda sacrificatoria, pero solo para mostrar fragmentos. El marco está recortado y lo que la imagen evoca es otro corte: el de la piel del animal.

Como en la circuncisión judía, este corte no separa, sino que crea conexiones en el espacio y en el tiempo. A inicios de los años 80, ese joven rockero estaba en el centro de la multitud realizando un corte similar, separando el horror de la democracia. Calamaro convertía su cuerpo en una ofrenda a una generación, primero perseguida y luego sacrificada en Malvinas, permitiéndoles, al menos durante la duración de la canción, prometerse que la muerte no era necesariamente el final.